Politicosas. Morena, un partido con ética

*La ética en la política: el poder al servicio de la sociedad

La ética en la política es uno de los temas fundamentales para comprender por qué una sociedad puede avanzar hacia el bienestar colectivo o caer en la corrupción, el abuso del poder y la pérdida de confianza ciudadana.

Introducción
La política, en su sentido más profundo, no debería entenderse simplemente como la lucha por conquistar, conservar o administrar el poder. Su razón de ser es organizar la vida colectiva y tomar decisiones que afectan a una comunidad.
Por ello, la política y la ética, mantienen una relación inevitable: quien ejerce poder toma decisiones que afectan los derechos, las oportunidades, los recursos y la dignidad de otras personas.
La ética política, plantea entonces una pregunta esencial:
¿Qué límites debe tener el ejercicio del poder y qué principios deben orientar las decisiones de quienes gobiernan?
La respuesta no puede reducirse a que una acción sea legal. Lo legal y lo ético, no son necesariamente lo mismo. Una conducta puede ajustarse formalmente a una norma y, sin embargo, ser injusta, abusiva o contraria al interés colectivo.

  1. ¿Qué entendemos por ética política?
    La ética, es el conjunto de principios y criterios que permiten reflexionar sobre lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto, lo responsable y lo irresponsable.
    Cuando hablamos de ética política, trasladamos esa reflexión al ámbito del poder público.
    Implica preguntarnos:
    ¿Para qué se obtiene el poder?
    ¿Para quién se gobierna?
    ¿Cómo deben utilizarse los recursos públicos?
    ¿Qué relación debe existir entre gobernantes y ciudadanos?
    ¿Hasta dónde puede llegar la ambición política?
    ¿Qué debe hacer un gobernante cuando su interés personal entra en conflicto con el interés público?
    ¿Debe decirse siempre la verdad a la sociedad?
    ¿Qué responsabilidad tiene un político por las consecuencias de sus decisiones?
    La ética política, por tanto, no consiste únicamente en que los políticos sean personas moralmente intachables, sino en construir una manera de ejercer el poder basada en principios, responsabilidades y límites.
  2. El poder público no pertenece al gobernante
    Uno de los principios esenciales de la ética política es comprender que el poder público es una responsabilidad, no una propiedad personal.
    Cuando una persona ocupa un cargo de elección popular o una responsabilidad gubernamental, recibe temporalmente la facultad de tomar decisiones en nombre de la sociedad.
    Eso significa que:
    El cargo no convierte al ciudadano en servidor del gobernante; convierte al gobernante en servidor de la sociedad.
    Esta diferencia parece sencilla, pero tiene enormes consecuencias.
    Cuando el gobernante comienza a considerar el cargo como patrimonio personal, aparecen fenómenos como: el nepotismo; el favoritismo; la corrupción; la utilización política de recursos públicos; el tráfico de influencias; el enriquecimiento inexplicable; la impunidad; la persecución de adversarios; y la manipulación institucional.
    La ética comienza precisamente cuando quien tiene poder entiende que tener autoridad no significa tener derecho a disponer arbitrariamente de aquello que pertenece a todos.
  3. Ética y corrupción
    La corrupción es probablemente una de las manifestaciones más evidentes de la ausencia de ética política.
    Pero la corrupción no comienza necesariamente con un gran desvío de recursos.
    Puede comenzar con pequeñas decisiones como “Nadie se dará cuenta”, “Todos lo hacen”, “Es sólo un favor”, “Me corresponde porque gané” o “Primero ayudo a los míos”.
    Cuando esas justificaciones se convierten en una cultura política, el interés público empieza a ser sustituido por intereses particulares.
    Por eso, combatir la corrupción requiere algo más profundo que aumentar las sanciones. Se necesita una cultura institucional en la que el funcionario comprenda que administrar recursos públicos implica una obligación moral y jurídica de rendir cuentas.
  4. Ética no significa ausencia de ideología
    Una confusión frecuente consiste en pensar que la ética política pertenece exclusivamente a una determinada corriente ideológica.
    No es así.
    Puede haber personas de izquierda, centro, derecha o cualquier otra posición política que actúen ética o antiéticamente.
    La ética política no debería preguntarnos primero:
    “¿De qué partido eres?”
    Sino:
    “¿Cómo utilizas el poder?”
    Un gobierno puede defender excelentes principios en su discurso y, al mismo tiempo, cometer actos contrarios a esos mismos principios.
    Por eso existe una regla fundamental:
    La ética de un gobierno debe juzgarse tanto por sus principios declarados como por sus actos y sus resultados.
  5. La verdad como responsabilidad política
    Uno de los grandes problemas de la política contemporánea es la utilización de la información como instrumento de poder.
    La propaganda, la manipulación, la mentira deliberada y la desinformación pueden utilizarse para influir sobre la ciudadanía.
    Aquí aparece una responsabilidad ética fundamental:
    El ciudadano tiene derecho a recibir información suficientemente veraz para poder formar su propio criterio.
    Eso no significa que un gobernante tenga que ser infalible. Los gobiernos pueden equivocarse.
    Lo ético es reconocer el error, explicarlo y corregirlo.
    Un político que dice:
    “Nos equivocamos y debemos corregirlo”
    puede demostrar mayor responsabilidad ética que quien intenta ocultar indefinidamente una equivocación.
    La política necesita, por tanto, transparencia, rendición de cuentas y disposición a reconocer errores.
  6. Ética y promesas electorales
    Durante las campañas políticas existe una enorme tentación de prometer aquello que genera votos.
    Aquí aparece otro dilema ético:
    ¿Debe un candidato prometer todo lo que la sociedad quiere escuchar, aunque sepa que no podrá cumplirlo?
    Desde una perspectiva ética, la respuesta debería ser no.
    Una promesa política debería estar acompañada de: viabilidad económica, capacidad institucional, plazos razonables, objetivos verificables, explicación de los costos y mecanismos de evaluación.
    La política democrática no debería convertirse en una competencia por decir la promesa más atractiva, sino por presentar el proyecto público más responsable.
  7. Ética y justicia social
    La ética política también tiene una dimensión social.
    Una sociedad puede tener leyes, instituciones y elecciones, pero mantener profundas desigualdades.
    Por ello, la política debe preguntarse constantemente:
    ¿Quiénes se benefician de las decisiones públicas y quiénes quedan excluidos?
    La ética política, exige prestar especial atención a quienes tienen menos capacidad para defender sus intereses.
    Esto no significa necesariamente favorecer arbitrariamente a un grupo, sino buscar condiciones de justicia, igualdad ante la ley, dignidad y oportunidades.
    Una política socialmente ética debe preocuparse por cuestiones como pobreza, educación, salud, empleo, vivienda, seguridad, acceso a servicios públicos e igualdad de oportunidades.
  8. Ética y oposición política
    La ética política, no corresponde exclusivamente a quienes gobiernan.
    También alcanza a quienes están en la oposición.
    La oposición tiene derecho —y en una democracia tiene una función indispensable— a cuestionar al gobierno.
    Pero existe una diferencia entre criticar legítimamente y manipular deliberadamente la realidad.
    Una oposición ética debe señalar errores, investigar irregularidades y proponer alternativas.
    Una oposición antiética puede utilizar cualquier acontecimiento para generar miedo, odio o desinformación con tal de obtener beneficios políticos.
    Por eso, la ética democrática exige que gobierno y oposición tengan límites.
  9. Ética y ciudadanía
    Existe también una responsabilidad ética de los ciudadanos.
    No podemos exigir políticos éticos mientras aceptamos socialmente prácticas como
    comprar votos, vender el voto, recomendar funcionarios únicamente por amistad, justificar la corrupción cuando beneficia a nuestro grupo, tolerar abusos cuando los comete nuestro partido o difundir información falsa porque favorece nuestra posición.
    La ética política comienza en las instituciones, pero también se construye en la sociedad.
    Una democracia saludable necesita ciudadanos capaces de decir:
    “Si lo hace alguien de mi partido, también está mal.”
    Ese principio es extraordinariamente importante.
  10. La ética frente a la razón de Estado
    Uno de los dilemas clásicos de la política es la llamada “razón de Estado”: la idea de que determinadas acciones pueden justificarse porque supuestamente son necesarias para proteger al Estado o alcanzar un objetivo superior.
    Aquí aparece un peligro:
    Si cualquier abuso puede justificarse en nombre de un objetivo superior, entonces desaparecen los límites del poder.
    La ética política debe establecer fronteras.
    Incluso cuando existen problemas graves, deben respetarse principios como:
    dignidad humana, derechos fundamentales, legalidad, proporcionalidad, debido proceso y responsabilidad pública.
    El fin político no debería convertir automáticamente en legítimo cualquier medio utilizado para alcanzarlo.
  11. Ética, instituciones y controles
    Una sociedad no puede depender exclusivamente de que sus gobernantes sean buenas personas.
    Ese sería un sistema extremadamente vulnerable.
    La ética debe complementarse con instituciones capaces de controlar el poder.
    Por eso son fundamentales aspectos como la división de poderes, los tribunales independientes; los organismos de fiscalización, la transparencia, el acceso a la información pública, la libertad de prensa, la participación ciudadana, las elecciones libres, la rendición de cuentas y los mecanismos contra conflictos de interés.
    En otras palabras:
    La buena política necesita buenos valores, pero también buenas instituciones.
  12. La gran prueba ética: qué se hace cuando nadie está mirando
    Existe una prueba sencilla para valorar la ética de un funcionario:
    ¿Haría lo mismo si supiera que su decisión será conocida mañana por toda la sociedad?
    Si la respuesta es no, existe un problema.
    La verdadera ética no depende exclusivamente de la vigilancia.
    Depende de una convicción interna:
    “No debo hacerlo porque está mal, aunque pudiera hacerlo sin ser descubierto.”
    Ese es probablemente uno de los niveles más elevados de responsabilidad pública.

    Epílogo
    La política necesita recuperar su dimensión moral
    La política no puede existir sin intereses, conflictos y diferencias. Pretender eliminar esos elementos sería ingenuo.
    Lo que sí puede exigirse es que la lucha por el poder tenga límites éticos.
    La democracia necesita políticos que comprendan que gobernar no significa mandar sobre la sociedad, sino asumir una responsabilidad frente a ella.
    Necesita ciudadanos que no conviertan la política en una cuestión de fanatismo.
    Necesita instituciones que impidan que el poder se concentre sin controles.
    Y necesita una cultura pública donde la honestidad, la justicia, la responsabilidad y la verdad tengan mayor valor que el oportunismo.
    En última instancia, la ética política puede resumirse en una pregunta:
    Cuando una persona recibe poder para decidir sobre la vida de millones, ¿qué hace con ese poder cuando tiene la posibilidad de utilizarlo en beneficio propio?
    La respuesta revela la verdadera naturaleza de un político.
    Porque la política puede conquistar el poder mediante una elección, pero solamente la ética puede justificar la manera en que ese poder se ejerce.